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La Corte de los Relampagos

Por Malena Salazar Maciá

Aún sumergido en las aguas turbias de la fiebre, el niño escuchó la condena: «que Sutej del Sur se apiade de él». Identificó los sollozos de su madre, la súplica por la salvación, por obtener más medicinas. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para brindarle esperanzas. En cuanto comenzó el contagio controlado en la planta de tratamiento de desechos radiactivos, la mujer lo mantuvo oculto, alejado de los guardianes quienes, protegidos dentro de sus ropas herméticas, regaban el virus resultante de la última investigación del experimentador residente.

Después de la esterilización masiva de los peones, quedaron demasiadas criaturas de narices mocosas, hambrientas, inútiles, agarradas a las piernas de sus progenitores, y los daonais determinaron que eso era un problema para la productividad.

También, porque deseaban algo más. Para los daonais siempre era fácil deshacerse de los problemas. Les bastaba ordenar, gesticular, enviar un mensaje. Los gentiums eran objetos, posesiones que sostenían la calidad de sus departamentos, la solvencia de sus compañías. Los gentiums eran carne para el ego de los daonais, sustrato para los pecados que cultivaban cuidadosamente en las fiestas fabulosas que tan seguido se desarrollaban en la tecnológica ciudad de Metro.

Los daonais ordenaban y los gentiums cumplían. Deseaban una nueva arma biológica lo bastante eficaz para protegerse de aspirantes indeseables. ¿Qué les importaba que, para conseguirla, sacrificasen a niños sin rostro, sin status, con grilletes de peón enterrados en sus tobillos?

Así que, por un instante, todo pareció funcionar para la gentium y su hijo que permanecían escondidos. Pero el virus manipulado se burló de ellos y los tocó: las calenturas se cebaron con el cuerpo del pequeño y la erupción purulenta convirtió en pasto su piel. Desde entonces, el niño babeaba, vomitaba coágulos negros y dejaba caer la cabeza en los brazos de su madre, quien de forma extraordinaria logró encontrar refugio en los aposentos del experimentador, el mismo que había desatado el horror sobre los niños que pululaban en la planta de tratamiento. Todo, a cambio de convertir a la criatura en sujeto de pruebas, reforzado por un puñado de placeres carnales.

Sin embargo, el niño no resultó ser lo que el experimentador esperaba para sus investigaciones, y sus carnes corruptas no brindaron la solución a las demandas de los daonais. El experimentador tocó el cuello de la criatura casi con ternura, luego, lo apretó hasta hacerlo boquear.

—No sirve para nada. Es un despojo genético—dijo con su hermoso lenguaje de daonai—. Decide: o el desierto, o los guardianes, o tú, o yo.

La madre eligió a los dioses-bestias, que eran el desierto, un poco más clemente que los daonais, que no toleraban la acumulación de cosas inútiles de ojos desesperados en sus colonias ni en sus industrias y que, de cierto modo, eran prescindibles. Siempre existían más infelices dispuestos a abandonar sus pocetas de agua albañal, dispuestos a trabajar para tener tres comidas insípidas al día, pero comida, a fin de cuentas, un techo que no fuese de chatarra mal amontonada con peligro de derrumbe, de desahucio, y protección contra el sol, aunque fuese junto a una fosa de desechos radiactivos.

Los guardianes se llevaron al niño envuelto en una tela de gasa, como si ya no tuviese existencia. La gentium gritó tras ellos hasta desgarrarse la garganta, porque a pesar de su decisión, aún era madre. El niño, atormentado por los zarandeos y lanzado como un saco de porquería sobre un aerodeslizador junto a otros pequeños contagiados, escuchó la chispa de la electricidad que robó la voz y conciencia de su madre.

 🦂

Apenas sufrió el viaje hasta que los descargaron sobre la arena caliente. El niño sintió quemadura sobre quemadura, úlcera sobre úlcera, el viento no fue remedio, no fue alivio para la fiebre y la carne abierta, consecuencias de un virus mutado para diezmar a miles en guerras de otros con afán de desgarrarse las gargantas. Las criaturas abandonadas eran invitación silenciosa para carroñeros, únicas sombras siniestras que los sobrevolaron en círculos. Pero se alejaron sobre las repentinas corrientes de aire cada vez más violentas.

El niño recobró la conciencia. Miró a través de la gasa la marejada de arena, el cielo inflamado de vómitos oscuros, rutilantes formas de pesadilla. Vio a la figura que guiaba la destrucción de la tormenta, de piel oscura, revuelto cabello rojo como una llamarada, patas musculosas de felino moteado.

El dios-bestia Sutej del Sur, con su séquito de relámpagos atronando en las alturas, dunas encabritadas, vientos aullantes, se detuvo ante el montón de desahuciados y los desgarró, uno por uno, sin escuchar los gritos de los infelices que se aferraban al último hilo de existencia. El niño se desmayó cuando en su cuello aún marcado por el apretón del experimentador, sopló el aliento pútrido de la garganta divina.

🦂

El niño despertó. Era de noche y la tormenta del dios-bestia había desaparecido. El pequeño se sentó en el suelo, sin fiebre, sin dolores, más delgado. Solo arropado con las quemaduras, las llagas de la enfermedad dormida, y los susurros zumbándole en la mente, ondulando dentro del cuerpo como una serpiente. Alguien había puesto un frasco de cristal hermético entre sus dedos infantiles. El niño, espectro de gasas, pus y olor a desgracia, no necesitó caminar mucho para encontrar la planta de tratamiento de desechos radiactivos donde trabajó junto a su madre que, sin él saberlo, se había ofrecido como sacrificio a los dioses-bestia: una existencia por otra; ritual ancestral practicado incluso antes del Gran Cataclismo.

El niño se escabulló en la morada del experimentador para entregarle el regalo del desierto, del dios-bestia Sutej del Sur y su corte de relámpagos.

Al día siguiente, las instalaciones estaban abandonadas. Los guardianes de la colonia cercana, azuzados por los daonais, encontraron a todos, peones, capataces, experimentador, recostados sobre las dunas en posición fetal, emitiendo un hedor tan pútrido que ni siquiera los carroñeros se atrevían a marcarlos como comida, con ojos vidriosos y las bocas llenas de arena de donde brotaban alacranes rojos y negros.

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© 2020, Malena Salazar Maciá

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